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* Las ilustraciones de fondo corresponden a un trabajo que hicieron alumnos y docentes de la Escuela Hogar y Biblioteca Popular de Cuchillo Có, La Pampa. Argentina , inspirados en el libro " Proyecto de mar" y más...
La foto es con los chicos y docentes de la Escuela Nº 1 de Sordos e Hipoacúsicos de Santa Rosa. La Pampa.
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domingo, 23 de noviembre de 2008

El secreto.Primera Parte, por Pablo De Santis

Mi padre reparaba violines. Nunca les presté atención hasta que una noche, durante una lluvia torrencial que abrió goteras sobre mi cama, tuve que ir a dormir a su taller. Los violines colgaban sobre mí; algunos enteros, otros desarmados y con las cuerdas sueltas; y los oí. La música llegaba desde ninguna parte: los crujidos que improvisaba la madera, el sonido de las cuerdas, tan sensibles que bastaba el pesado movimiento de la tierra sobre su eje para hacerlas vibrar.
Esa noche me convertí en violinista.
Era bueno; al menos lo suficiente para que mi maestro decidiera enviarme a Buenos Aires para dar una prueba en el Teatro Colón. Yo tenía veinte años y no había visto el teatro más que en fotografías, pero me había parecido que si el mundo tenía un centro, estaba allí. Era ingenuo, pero tenía razón: cada uno encuentra el centro del mundo donde puede.
Viajé en tren; pasé dos días en casa de una tía de mi padre que me obligó a probarme un traje que me quedaba grande y olía a lavanda, y detrás de la lavanda, a naftalina. Me miré en el espejo y me dí tristeza; yo parecía de otra época, como si mis nervios y mi prueba hubieran ocurrido mucho tiempo atrás, y todos, inclusive yo mismo, lo hubiéramos olvidado.
Llegué al Colón con esa impuntualidad al revés que siempre me lleva a estar donde debo horas antes de la cita, costumbre mucho peor que la de llegar tarde. Me senté en un café que tenía mesa de mármol. Mientras trataba de tomar un cortado y de morder una medialuna, me entretuve a mirar el temblor de mi mano derecha: la mano que en una hora más, a las diez, sostendría el arco sobre las cuerdas y resolvería mi destino. Oí una voz, unas palabras que no tuve tiempo de responder. El desconocido ya se había sentado frente a mí.
—Me permite? Somos colegas.
Estaba sin afeitar, y con el traje arrugado. Llevaba un estuche de violín, que apoyó en la silla, junto al mío.
—Viene a dar la prueba? —pregunté.
—No. Vengo a este café porque me gusta hablar con los colegas jóvenes, los que aún tienen esperanzas, los que creen que este teatro es... —buscó la palabra, y me pareció que la arrancaba de mis pensamientos—... el centro del mundo.
Empezó a contar su vida sin que yo le hubiera preguntado nada. Había tocado en la Opera de París y en medio del Amazonas y en Viena; en Venecia había estado en la fiesta del Conde Fabbri, famosa en la historia de la ciudad porque el baile de máscaras terminó en una catástrofe, a causa del agua que subió de pronto y hundió a los invitados en el lodo. Hubiera querido creerle, pero su traje raído, su camisa remendada y sus zapatos gastados desmentían cada palabra.
Se hizo un silencio artificial. El violinista, que mentía con las palabras, también sabía mentir con el silencio.
Dio un golpecito sobre la caja de su violín.
—¿Sabe lo que tengo aquí dentro?
—Un violín.
—Algo más. ¿Oyó hablar de Max Damp? Adentro de la caja está su mano derecha.
Miré la hora. No quería perder los últimos minutos de concentración hablando con un loco. Pero como insistía, sentí la curiosidad. Había oído hablar de Damp, un violinista austríaco, que había muerto en 1875.
—Abrala —pedí.
—Le dejo ver la mano por cien pesos.
—No tengo más que para este café.
—No puedo hacer concesiones. Vivo de lo que hay en esta caja.
Insistí, sin ganas. Miraba el reloj de pared: quince minutos para la prueba.
—Si me paga el café le cuento cómo llegó la mano hasta mí. Las enciclopedias no dicen nada sobre la muerte de Damp.
Acepté. Me venía bien la distracción. Doce minutos.
Perdió cuatro en hablar de Damp y en su fama de mujeriego, hubo una tal condesa Donatti cuya relación duró un año entero.
—El conde, el esposo, se enteró y retó a Damp a un duelo en las afueras de Viena. Al norte de la ciudad, detrás de un palacio del setecientos...
—Ahórrese la descripción, no conozco Viena, ni siquiera Buenos Aires, fuera de este café y de la estación Retiro.
Siguió hablando. Siete minutos. ¿Tendría tiempo de morir Max Damp, antes de que yo debiera correr hacia la entrada del teatro?
El duelo fue largo. El conde había elegido el sable. Damp no se opuso, a pesar de que no sabía usarlo. Prefería el florete porque tiene más afinidad con el violín. Usar el sable, en cambio, es como tocar el contrabajo. Se necesita fuerza y un innato sentido de la gravedad. Damp hirió al conde, pero su triunfo lo distrajo y recibió un tajo en la garganta. Cayó muerto sobre la nieve.
—¿Y la mano?
—El conde estaba menos celoso de Damp que de su mano derecha, tan célebre que se decía que estaba asegurada en siete mil marcos. La cortó de un tajo a la altura de la muñeca y la arrojó lejos. La mano voló sobre los castaños.
Las diez en punto. Me levanté sin aguardar el final de la historia. El violinista me tendió el estuche. No oí donde cayó la mano de Damp. Mientras corría, imaginé la mano de Damp dibujando un arco sobre mi cabeza.
Ya estaba en el teatro, pero faltaban todavía las escalinatas de mármol, y el hall y dar explicaciones a los porteros y cortinados púrpura y la interminable fila de butacas vacías. Oí mi nombre y casi no pude contestar. El director de orquesta me esperaba en el centro del escenario. Había llegado el momento de la prueba. Cuando destrabé el cerrojo de la caja me dí cuenta de que no era la mía.
—¿Qué está esperando, la inspiración? —gritó el maestro—. Hay otros treinta detrás de usted. Toque de una vez.
Sobre el atril estaba la partitura, del quinteto para cuerdas que Franz Schubert había escrito en 1828, el último año de su vida.
Cerré los ojos y abrí la caja.

* Pertenece a un certamen destinado a jóvenes argentinos de entre 14 y 18 años, un concurso que planteaba el desafío de terminar un cuento iniciado por el escritor argentino Pablo de Santis.